Los pasados de Abril.


Debajo de toda esa superficie artificial se encontraba la esencia de su persona. No era la mejor ni la peor, pero había algo que le era diferente al resto de las demás; quizás la extraordinaria historia que tuvo, o quizás, el amor profundo que sintió en un momento de su vida, o tal vez las últimas palabras que dijo antes de su final.

Un segundo antes de experimentar el suspiro final pudo ver cómo todo cobraba vida y ahí se vio: sintiéndose una princesa del cuento de vida, sentada en el sillón de sus ancestros, tomando el té de las cuatro de la tarde. Brillando como el sol de las mañanas de primavera y con aires de jazmín. Sus ojos reposaban sobre el inmenso árbol de ombú que habitaba en el centro del jardín; este mismo árbol que la miraba partir con las penas de una magdalena pero con el corazón de una quinceañera, una tarde de Abril. 

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